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PSICOLOGÍA BUDISTASofía Cherigny

Placer y felicidad

Con los primeros artículos ya sentamos las bases de qué es felicidad, qué es sufrimiento y cuál es su origen. En este artículo vamos a explorar la relación entre placer y felicidad, ver si tienen algo que ver o no y cómo podemos orientar mejor nuestra vida en lo referente a la búsqueda de ambos.

Considero más importante que nunca dedicarle un espacio exclusivo a esta relación, o más bien a esta distinción entre placer y felicidad. La sociedad actual básicamente ha definido la felicidad como una consecución constante de placeres. La palabra placer abarca todos los disfrutes de los sentidos, como la comida, el sexo, el entretenimiento visual o auditivo como escuchar música o ver la televisión, y todas las sensaciones de confort y comodidad como puedan ser estar tumbado en una hamaca, tomar el sol o darse una ducha.

Si ponemos atención a qué nos vende la sociedad como felicidad, y qué es lo que buscamos nosotros sin descanso para ser felices, podemos ver cómo muchas de estas cosas son simplemente sensaciones agradables pasajeras. Irse de vacaciones, ir a un restaurante, tener un cómodo sofá con vistas al mar desde el que ver nuestra serie favorita, tener sexo con tal o cual persona, todo tipo de ocio, de entretenimiento, de confort…Parece que si nuestra vida fuera una sucesión en cadena más o menos constante de estos placeres, seríamos perfectamente felices. Y no es así.

¿El placer es felicidad? No, no es felicidad. Son sensaciones agradables temporales. Nos proporcionan picos de bienestar, y en cuanto se acaban ya estamos en la búsqueda del siguiente estímulo que nos pueda llevar otra vez a ese pico.

La felicidad es una sensación de paz y bienestar que procede de estar en contacto con nuestras cualidades innatas más virtuosas y de cultivar nuestras relaciones interpersonales de una manera profunda. No está basada en algo externo y puede ser infinita. Nos abarca a nosotros y a otros, porque nuestra felicidad está estrechamente relacionada con la felicidad de los demás y les incluye.

La definición de placer es prácticamente la inversa a la de felicidad. Su fuente es totalmente externa a nosotros, es efímero y casi siempre nos incluye sólo a nosotros mismos, de manera que muchas veces supone una lucha de intereses con los demás.

El budismo propone, además, una manera muy clara de distinguir entre placer y felicidad. La felicidad, cuanta más tienes, mejor. Hablamos de felicidad real, claro, por ejemplo la que podemos sentir cuando nos sentimos llenos de amor. Podemos estirar esa situación hasta el infinito y multiplicarla por mil y seguiría siendo maravilloso, más aún.

Ahora cojamos una situación de placer, como la que podemos experimentar cuando vemos una serie o comemos un helado. Si estiramos esa situación ¿horas?¿días?¿hasta el infinito? sería horroroso, insoportable, nadie querría algo así.

¿Por qué sucede esto? Porque el placer es, en su esencia, sufrimiento. Es una experiencia de sufrimiento por la IMPERMANENCIA. De manera natural, una experiencia placentera se transforma en sufrimiento. Antes incluso de que esa experiencia haya terminado, ya estoy sufriendo porque se va a acabar. Sufrimos cuando termina, porque no queremos aceptar su naturaleza temporal e impermanente. Sin embargo, si la estiráramos demasiado en el tiempo, también sufriríamos. Como podemos ver, un pico de sensación agradable conlleva consigo una buena dosis de sufrimiento a la espalda.

¿Significa eso que experimentar placer está mal o es algo poco deseable? No, no significa eso. El problema principal con el placer es que nos AFERRAMOS a él. Como siempre, el problema viene con el APEGO**.**

Por una parte, sufrimos cuando vemos que esa experiencia va a terminar o cuando ha terminado. Nos resistimos a ello, vamos en contra de la propia naturaleza de las cosas, queriendo que las experiencias agradables permanezcan en el tiempo.

Por otra parte, nos aferramos a estas experiencias como si fueran realmente felicidad. Nos gastamos la vida yendo en su búsqueda, y esa supuesta felicidad explota una y otra vez y vamos corriendo a buscar la siguiente. Pero nunca obtendremos verdadera felicidad de ahí.

¿De verdad queremos que nuestra vida se sustente en una cadena de placeres y comodidades? ¿Queremos que nuestra felicidad, nuestro sostén y nuestro bienestar mental dependa de las situaciones externas que tengamos la suerte o la desgracia de experimentar?

Para mí, sin embargo, el mayor problema reside en que, mientras estamos enfrascados en esta frenética búsqueda de cosas agradables y esta huida de cosas desagradables, olvidamos cultivar la verdadera felicidad. Si pensamos que la felicidad es eso, ¿para qué vamos a molestarnos en buscar en otro sitio?

Si buscamos en el sitio equivocado, nunca encontraremos lo que anhelamos.

Podemos disfrutar del placer, del bienestar, de las cosas agradables y del entretenimiento. Está muy bien, no es nada malo. A todos nos gusta. La vida no tiene que ser autoflagelación, incomodidad y austeridad. El budismo no dice que tengamos que alejarnos de todo eso e ir a una montaña a meditar en una roca incómoda pasando hambre y sed o despojarnos de todo lo que hace nuestra vida cómoda, entretenida o placentera. Nadie quiere eso, yo tampoco lo quiero.

Hacerse la vida cómoda y placentera está bien. Pero aceptando su temporalidad. Y asumiendo que ahí no está la verdadera felicidad.

Podemos disfrutar de todo eso, pero ese no puede ser nuestro sostén en la vida. Vaya sostén más endeble sería. No nos podemos pasar la vida dando botes arriba y abajo. Tenemos cosas mucho mejores en las que sostenernos.

De hecho, creo que cuando asumimos la verdadera naturaleza del placer y no nos aferramos a él como si fuera nuestra fuente de felicidad, entonces podemos disfrutar más aún de esas sensaciones. Si no estamos en un constante sufrimiento por conseguirlas o por perderlas, cuando simplemente suceden estamos más abiertos, menos temerosos y las disfrutamos de una manera mucho más sana.

Podemos, poco a poco, ir poniendo más el foco en las cualidades internas y las relaciones interpersonales que nos conectan con la verdadera felicidad y frenar un poco la búsqueda incesable de placeres, a la vez que tomamos consciencia de que éstos no deberían ser un fin en sí mismo, sino una sensación que viene y va, en una vida profundamente más rica y sustentada por algo más estable y conectado con nuestra naturaleza más esencial.