
Es inusual encontrar un blog de autoayuda, psicología, educación...que no hable sobre la gente tóxica. Es un término en auge en los últimos años que define a ciertas personas que crean un entorno conflictivo y negativo en el ámbito que sea, tanto laboral como en el hogar o amistades. Se las califica como personas inmaduras, egocéntricas, que manipulan a los demás para su propio interés y son la fuente de grandes emociones negativas en las personas que les rodean. Las recomendaciones frente a ellas suelen ser básicamente dos: establecer límites claros o huir, desaparecer del entorno de esa persona.
Dicho esto, vamos a intentar descomponer punto por punto esta idea, tan en boga ahora, de que existe cierta gente tóxica y que los demás debemos huir de ellos.
El hecho de categorizar y etiquetar a ciertas personas como algo, ya se aleja bastante de la realidad. Las personas no somos sólidas, no somos antipáticas o simpáticas, buenas o malas, conflictivas o conciliadoras. Estamos constantemente cambiando, las circunstancias externas nos están modificando contínuamente y la persona que éramos ayer no es la persona que somos hoy. Es cierto que en cada persona suele haber un cierto patrón de comportamiento debido a un hábito, pero eso no significa que esa persona “sea” así. Se ha comportado de esa manera en ese momento debido a unas causas y condiciones, pero esa persona tiene muchas otras facetas que no conocemos en las que seguramente se comporte de manera muy distinta, y desde luego ni siempre ha “sido” así ni tiene que seguir “siéndolo” en el futuro. La personalidad no es fija, ni los patrones de comportamiento ni las cualidades o defectos de las personas.
Si nos olvidamos de esta fluidez y de esta flexibilidad en la personalidad, etiquetamos a las personas de una manera que impide tanto que ellas se salgan de esa etiqueta como que nosotros estemos abiertos a reconocer otras cosas aparte de esa categoría.
Todos somos tóxicos, en cierta medida. Si se entiende por tóxico como portador de emociones destructivas y creador de conflictos en los otros, entonces todos somos bombas tóxicas. No tiene sentido separar a las personas en tóxicos y víctimas de ellos, porque todos somos a la vez víctima y verdugo. Cargamos con una visión distorsionada de la realidad, apegos y confusión que hace que nos asalten contínuamente emociones conflictivas (emociones perturbadoras, según el budismo). Es más una cuestión de grado, del momento vital y de la situación en la que nos encontramos. Podemos ver en nosotros que cada día tenemos momentos en los que nuestras acciones, físicas o verbales, tienen como resultado un daño emocional en otro, por pequeño que sea. Ya sea saludando de manera seca a un vecino, teniendo una discusión con un familiar o criticando a alguien con un compañero de trabajo. Poder ver que no hay una línea corpórea que separe a esa persona supuestamente tóxica de nosotros, poder reconocer nuestra propia toxicidad y entender cómo nosotros también caemos en esa espiral muchas veces, puede contribuir a considerar nuestra igualdad básica con todas las personas y a no categorizarse como víctimas o victimarios.
Se dice que estas personas tóxicas se aprovechan de las otras para su propio interés o beneficio. Bueno, eso es imposible. Un comportamiento dañino jamás reporta ningún beneficio propio, sino todo lo contrario. Ya hemos hablado antes de que esta “toxicidad” proviene de una visión distorsionada de la realidad. Cuanto más grande es esa visión distorsionada, esa confusión, ese apego al yo, más grandes serán nuestras bombas emocionales destructivas. Dicho de manera más simple, cuanto más sufrimiento cargamos más sufrimiento generamos en los otros. Y los otros en nosotros, y así sigue girando la rueda. Lo podemos ver perfectamente en nuestra persona, hay que reconocerlo también en los demás.
El peor verdugo es también la peor víctima.
Obviamente nadie se hace eso a sí mismo a conciencia. Todos intentamos hacer las cosas de manera que nos reporte felicidad, pero muchas veces no atinamos y generamos sufrimiento ajeno y propio. La mentira, la manipulación, el victimismo, la queja, el egocentrismo...todos estos comportamientos, que según la psicología actual es lo que caracteriza a las supuestas personas tóxicas, tienen un solo propósito, igual que todos los comportamientos de todos nosotros, que es generarnos felicidad. Por supuesto, el resultado es el contrario. No hay nada bueno que saquen de eso, no tenemos que regodearnos en la idea de que están chupándonos la energía para su provecho, porque es totalmente falso.
Entender esto es lo más básico para poder entender las relaciones. Si tú ves que la persona que está teniendo un comportamiento dañino hacia ti y otros, se está haciendo el mismo daño o más a sí mismo, podemos ver las cosas desde una perspectiva diferente- Puede mover en nosotros la compasión y la intención de ayudarles, o por lo menos disminuir la aversión y el rechazo.
Dicho todo esto, sí hay que marcar una línea algunas veces, cuando ya hablamos de que se está produciendo un abuso de una o varias personas a otra. Eso es algo bastante diferente, que no vamos a tratar aquí ahora por la extensión aparte que merece este tema. Pero en ese caso ya no hablamos de una persona que nos produce negatividad o que intoxica el ambiente de emociones nocivas, sino de una contínua crítica, ridiculización y aislamiento hacia nuestra persona que produce una alteración profunda de nuestra percepción de identidad, de nuestra autoestima y que nos traslada a un contínuo estado de ansiedad, miedo y desánimo.
No es esa la situación, entonces, a la que nos enfrentamos cuando hablamos de gente tóxica, pero hay que tener clara la distinción porque no se deben aplicar el mismo tipo de respuestas en una situación o en otra.
Dejando a un lado el tema de los abusos, entonces, es verdad que también hay veces que nuestras propias cargas emocionales no nos permiten lidiar con otra carga emocional especialmente difícil de otra persona, de esas a las que desacertadamente se las llama tóxicas. ¿Qué podemos hacer entonces?
Sólo el hecho de entender bien todos los puntos anteriores, de poder vislumbrar nuestra igualdad en tantos aspectos y comprender el origen del comportamiento del otro, nos va a ayudar mucho a desarrollar compasión en nosotros y saber lidiar mejor con la situación. Lo que a nosotros nos afecta, y en la medida en que lo hace, no es algo inevitable o que dependa del comportamiento de otros. Depende enteramente de cómo nuestra mente lo percibe, y
cambiando esta percepción cambiaremos también nuestra ofensa, nuestra percepción de víctima y cómo reaccionamos y nos sentimos ante estas situaciones.
Esto no sucede de la noche a la mañana, claro. Requiere interés, práctica, y tiempo. Si sentimos que no podemos manejar bien la situación, que nos desborda y nos afecta más de lo que podemos manejar, nos tendremos que retirar un poco, o mucho, de la relación. Sin odios, sin rencores, y buscando el bienestar de ambos. Podemos explicarlo de manera franca, y tomar distancia. Aunque a veces parezca que las explicaciones no calan, dejan un pequeño poso, que seguramente servirá en algún momento.
Si las decisiones se toman desde el afecto y la comprensión hacia nosotros mismos y hacia el otro, lo más probable es que sean buenas decisiones.