
Todos conocemos lo que es el Mindfulness. Vivimos en el boom de la atención plena, y vemos cómo se está implementando en todos los ámbitos; empresas, educación, primera infancia, ejército...Se está viendo cómo esta práctica puede reducir los niveles de estrés y ansiedad, mejorar la concentración, la memoria…
Lo que conocemos aquí como mindfulness proviene de la meditación shiné o calma mental de la tradición budista. Es una de las miles de meditaciones que se enseñan en el budismo, a la vez que la meditación es una de las enseñanzas centrales del dharma, pero inseparable de otras formaciones en aspectos éticos, de conocimiento de la realidad, de trabajo con las emociones, etc. A modo de ejemplo, en mi formación de budismo tibetano, la instrucción en meditación en sí es de un año de duración, de seis años en total de estudios budistas.
El mindfulness que ha llegado a occidente es entonces una meditación budista básica a la que se le ha despojado de todo aspecto ético, de todo contexto religioso y de toda enseñanza acerca de la realidad de nosotros mismos y del mundo que nos rodea.
¿Es eso un problema? Pues depende.
Creo que, por una parte, la práctica de shiné es en general beneficiosa para todo el que lo practique, y que esta forma de presentarla, secularizada y mercantilizada, a través del mindfulness, ha hecho que se extienda a un gran número de personas, que quizás sería mucho más pequeño si se hubiera conservado en su forma original.
Por otra parte, siento que el mindfulness, despojado de otros aspectos básicos de ética y de formación, puede contribuir a alimentar ciertos demonios de nuestra sociedad. Los maestros budistas dicen que el mindfulness así presentado puede hacernos dóciles y complacientes, y aceptar de buena gana situaciones injustas o condiciones inaceptables que necesitan de una visión ética y clara de la realidad para afrontarlas. Esto se refiere, en gran parte, a mindfulness aplicado al mundo laboral, en el que las empresas muchas veces sólo buscan mejorar el rendimiento y aplacar las quejas de los trabajadores, bajo condiciones bastante alejadas de una ética universal.
Además de esto, el mindfulness puede aplicarse, y de hecho así se hace, a cualquier ámbito y contexto. Un soldado, un terrorista, o un psicópata pueden ser grandes instruidos en mindfulness. Las cualidades que fortalece el mindfulness no van ligadas a un contexto ético, por que lo que se puede usar en cualquier dirección, vaya ligada hacia nuestra propia felicidad y la de otros, o vaya justo en la dirección contraria. Tanto es así que
en el budismo se distingue entre “Samma Sati” o mindfulness correcto, que sigue una ética virtuosa, o “ Miccha Sati” o mindfulness incorrecto que no sigue una ética virtuosa.
Quería destacar un último punto en el que creo que la forma como ha llegado el mindfulness hasta aquí puede desvirtuar o tergiversar las enseñanzas budistas más básicas. Creo que lo que más caracteriza a nuestra sociedad ahora mismo y que es una de las mayores fuentes de sufrimiento, es un profundo egocentrismo, un individualismo férreo con una concepción del ego totalmente sólida, y una búsqueda constante de proteger, cuidar y enaltecer ese “yo”. Justamente la enseñanza budista más básica y más profunda consiste en desterrar esta idea creada por nosotros de “ego” y comprender cómo justamente esa idea es el origen de todo nuestro sufrimiento.
¿Qué relación tiene todo esto con el mindfulness?
Bueno, esta práctica ha aterrizado en esta sociedad y no va acompañada de la enseñanza antes descrita. De esta manera, siento que a veces el mindfulness puede contribuir a alimentar aún más este ego, porque en cierta manera se ofrece como un refugio de los demás, como una manera de nosotros estar en paz, de cuidarnos a nosotros mismos, de mimar a nuestro yo y huir de toda esa gente tóxica de nuestro alrededor.
Hay una parte de verdad en esto. Sentarse a meditar y saber estar con nuestra mente, trabajarla, tener más paz y estabilidad...es esencial, por supuesto. Sin eso seguramente poca cosa consigamos. Pero hay otra parte igual de importante.
No encontraremos la felicidad sino buscando la de los demás. No existe la felicidad en aislamiento.
Los monjes budistas no se van de retiro para ser ellos muy felices. Su ego ha sido totalmente desmontado y trabajan para liberar a los demás del sufrimiento. No puede existir tampoco verdadera felicidad sin todo ese trabajo y ese conocimiento acerca del ego, la interdependencia, el sufrimiento, la felicidad, la ética...Separar esos dos aspectos no puede conducir a un verdadero cambio profundo y real hacia la felicidad, que es a eso a lo que todos aspiramos.
A modo de conclusión podemos decir que Mindfulness SÍ, es siempre bienvenido y beneficioso, y es la base de cualquier práctica para entrenar nuestra mente. Pero para que todo ese entrenamiento vaya en una buena dirección, para que genere un beneficio real en nosotros y en los demás, tiene que estar enmarcado en unas bases éticas y acompañado de unos conocimientos básicos acerca de la realidad y de nuestra mente.