
Lo más probable es que quien esté leyendo esto viva en una sociedad en la que sus hijos no vayan a morirse de hambre. Sabemos que nuestro bebé tendrá acceso a una lactancia, sea del tipo que sea, a cuidados médicos, a una casa que le resguarde de las inclemencias del tiempo. Seguramente no tengamos que protegerlo de ser devorado por animales salvajes ni de ser aniquilados por una guerra, ni nos será robado al nacer ni tantas otras situaciones terribles que durante toda la humanidad e incluso hoy en día han vivido y tienen que vivir tantas madres y sus bebés.
¿Qué tiene eso que ver con dar el pecho o el biberón? Bueno, en todas las circunstancias de la vida hay que poner en perspectiva y saber relativizar lo que es necesario relativizar.
Podemos empezar tomando consciencia durante unos minutos de la enorme suerte que tenemos de vivir donde vivimos, de que nuestro hijo pueda tener los recursos para vivir y crecer. Cuántas madres hubieran dado y darían ahora sus brazos y sus piernas para poder dar a sus hijos un entorno como el nuestro.
Una vez hecho esto, ya mirando a nuestro entorno inmediato, percibimos que prácticamente todas las madres hemos recibido críticas y presión, de una parte o de otra, por la manera en que alimentamos o debiéramos alimentar a nuestros hijos. Muchas de las que estáis leyendo esto os habéis sentido frustradas, tristes, juzgadas, poco apoyadas y solas. Desde luego, algo mal estamos haciendo como sociedad, pero como poco podemos hacer ahora mismo acerca de eso, podemos ocuparnos de cómo todo esto nos afecta a nosotras. En este artículo hablaré específicamente de las madres que no han podido o no han querido dar el pecho.
Para poder comprender por qué se vive de esta manera la lactancia en nuestra sociedad actual, tenemos que echar un pequeño vistazo atrás. No vale la pena remontarnos a la prehistoria. La lactancia materna ha pasado por muchas modas distintas y cada sociedad y época ha tenido una manera distinta de concebirla y practicarla. La lactancia artificial ha existido siempre, pero no se ha conseguido, que sepamos, ninguna buena opción hasta hace unas pocas décadas. Y es en esos años, a partir de la década de los 60, en que se inventa la fórmula y se esterilizan los primeros biberones, cuando la lactancia artificial se convierte en una opción viable y alternativa a la lactancia materna. Es segura para los bebés y es nutritiva, por primera vez en la historia. Este hito, junto con otras características de la sociedad de entonces, propició un boom de los biberones y una devaluación y pérdida de conocimiento, tanto popular como de las instituciones científica y médicas, sobre la lactancia materna.
Como ya he comentado en otras ocasiones, para mover una situación instalada en un extremo ( como era en esa era pro-biberón), es habitual intentar instaurar justo el extremo opuesto.
En estos últimos años estamos viendo crecer un movimiento de la denominada crianza natural o crianza con apego, de una vuelta a los orígenes y de lo que es considerado natural para el ser humano y, por ende, a la infancia y la maternidad.
Esto ha devuelto un interés y una readquisición de conocimiento sobre la lactancia materna, en ambos niveles científico y de la sociedad en general. ¿En qué ha derivado todo esto? Pues, por supuesto, ha conllevado una devaluación y estigma sobre la lactancia artificial y las mamás que la llevan a cabo. Es importante que entendamos todo esto y tengamos una visión clara de este periplo de idas y venidas de la lactancia para que no nos tomemos esto como algo muy personal.
Este otro extremo que estamos viviendo ahora seguramente era necesario para poder movernos de ese punto, totalmente fuera de la normalidad, en que la gran mayoría de las madres no podían dar el pecho, y necesario también para acercarnos a un buen punto intermedio. Ese punto ideal sería uno en el que todas las madres tuvieran los conocimientos necesarios para poder tomar una decisión realmente voluntaria, y tener después el apoyo requerido para poder llevar a cabo con libertad, felizmente y sin juicios su opción elegida.
Pero no estamos ahí, y no lo estaremos nunca, las cosas aquí en la Tierra no son ideales, y ahora mismo nos encontramos con una parte de la sociedad y de los profesionales que se han quedado anclados en el pasado y no ofrecen soporte, información y apoyo a la lactancia materna, y la juzgan y ponen en duda, y otra parte que impone la lactancia materna como la única buena opción, sobreestima la importancia de ésta por encima de muchos otros aspectos y juzga y crea una presión a las madres por abandonar la LM y crea en ellas una sensación de fracaso y culpa.
En este caso, como he dicho antes, esto lo dirijo a las madres que o no han podido o no han querido dar el pecho. ¿Por qué hay que sentirse mal? ¿ De dónde viene esa sensación de fracaso, de tener que justificarse ante algo?
Desde las instituciones científicas se nos dice que la mejor opción es dar el pecho hasta, por lo menos, los dos años. Es normal que se insista en amamantar dado que en muchos países (no en el nuestro), sigue siendo una cuestión de vida o muerte muchas veces. La lactancia artificial sólo puede considerarse una opción en países del primer mundo, y que llegue a países con escasos suministros, enfermedades, mala higiene y aguas contaminadas una promoción de la lactancia artificial y devaluación y desinformación de la lactancia materna puede ser sumamente perjudicial.
Además, la leche de la mamá es el alimento natural de un bebé, lo que está preparado para comer, y nutricionalmente lo más completo y enriquecedor para el niño , por lo que es normal que sea lo que se promocione y lo que se venda como “mejor” para un bebé.
¿Quiere eso decir que realmente sea lo mejor? Pues no, la verdad. Todo en este mundo es relativo y este asunto no se escapa a esta premisa. La salud, sobre todo la de un bebé, no se mide sólo por lo nutricional. Hay muchos factores que afectan, controlables o no, y el tipo de leche que toman es uno más. La crianza, la infancia, la salud y la felicidad del bebé no se ven condicionadas sólo por eso, desde luego.
Hay madres que no han podido dar el pecho, o no han sabido, o no han tenido el apoyo que necesitaban. En la vida y en la maternidad no todo funciona de manera perfecta, y la manera natural a veces se convierte en una mala opción, o una opción no tan buena, o simplemente en una opción que nosotras no deseamos. Se puede vivir como un fracaso, como un duelo enorme por no haber podido vivir esa experiencia con nuestros hijos. A veces las expectativas y las ganas eran muy grandes y hace falta transitar eso. Pero también puede vivirse con alivio, con alegría de vivir en una sociedad en que hay una buena opción alternativa de alimentación para poder ver crecer sanos a nuestros hijos.
¿Tendrá consecuencias nutricionales y sobre la salud de nuestro hijo? A lo mejor sí, nunca lo sabremos. Tampoco hay que tirarse de los pelos. Cientos de factores han afectado y van a seguir afectando, y no todos los controlamos ni los haremos del todo bien. Si una madre decide abandonar o no iniciar el camino de la lactancia materna, porque le es demasiado sacrificado, porque le supone un sufrimiento o demasiado cansancio o le es desagradable o está angustiada...las razones que sean, seguramente es porque eso es lo mejor para ella y para su hijo, y creo que nadie debería entrar a discutir eso. Lo más importante para un bebés es, una vez tenga las necesidades vitales cubiertas, establecer un buen vínculo afectivo con su mamá y el resto de su familia nuclear, y eso, desde luego, NADA tiene que ver con el tipo de lactancia escogida. Pero una excesiva presión en continuar con la lactancia, o la sensación de haber fallado a nuestros hijos, de culpa, de fracaso...eso sí puede afectar mucho nuestra salud mental, en esa etapa tan vulnerable para nosotras, y por ende afectar también el vínculo con nuestro bebé y su bienestar afectivo en el momento en que es más importante cuidarlo.
Por eso considero que es crucial poner las cosas en su lugar, priorizar lo que es más importante, informar y apoyar, y poner por delante la vida afectiva y la salud mental.
No podemos cambiar lo que la sociedad ha opinado de nuestra lactancia, ni lo que dicen otras madres ni la presión que tuvimos en el hospital...pero podemos aprender a vivir en paz y con felicidad nuestra opción elegida, podemos interiorizar que LO MEJOR NO ES LO QUE LOS OTROS DIGAN QUE ES MEJOR, ni siquiera la mayor institución de la salud del mundo, sino lo que nosotras hemos elegido para nuestros bebés, con el conocimiento sobre muchos otros factores, igual de importantes, que sólo nosotras conocemos.
En todas las circunstancias de la vida hay que poner en perspectiva y saber relativizar lo que es necesario relativizar. Y ésta es una de ellas. No tiene por qué ser tan importante. No siempre lo ha sido, ni mucho menos, en toda la historia de la maternidad, ni lo tiene que ser para nosotras ahora en esta sociedad.
Nosotras elegimos qué peso le damos a esa experiencia, cómo nos afecta y, sea el rumbo que sea que haya tomado la alimentación de nuestro bebé, cómo lo vivimos y si lo disfrutamos o no**.**
Diga lo que diga la sociedad ahora, ese poder sigue residiendo en nosotras.