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PSICOLOGÍA BUDISTASofía Cherigny

La oportunidad del duelo

Un duelo es un proceso de adaptación ante un cambio. Sufrimos constantes cambios en la vida. La impermanencia de todas las cosas es, de hecho, la única constante que vamos a tener en nuestras vidas, por lo que podemos estar seguros de que vamos a tener que afrontar muchos duelos a lo largo de ésta.

La impermanencia se manifiesta diariamente en todos los aspectos en los que nos queramos fijar, pero la mayoría de nosotros vivimos con una falsa sensación de constancia y estabilidad que nos aporta seguridad. Nuestra cultura no nos enseña a vivir con los ojos abiertos ante esta realidad, a abrazar los cambios y la absoluta inestabilidad en la que nos encontramos. Más bien al contrario, crecemos temerosos de tener que afrontar estas situaciones y nos aferramos fervientemente a cualquier cosa que nos de una mínima sensación de estabilidad. Por eso cuando la vida nos sitúa ante un gran cambio, como es la muerte de alguien muy querido, el golpe es terrible, nuestra vida se desmorona por completo, porque toda nuestra base de seguridad y estabilidad que habíamos construido se cae.

Cuando esta base se cae y nos quedamos flotando en la incertidumbre y la desesperación, se nos abre la oportunidad de poder familiarizarnos y sentirnos cómodos con esa incertidumbre, en lugar de volver a aferrarnos y a reconstruir nuestras bases imaginarias.

Por eso el duelo nos brinda la posibilidad de vivir con una mirada distinta. Nos deja desnudos y cara a cara con la impermanencia. Podemos evitar mirarla, podemos odiarla y maldecir al destino, pasar nuestro duelo como buenamente podamos y volver a construir nuestra balsa segura hasta que se vuelva a romper. O podemos encarar la realidad y sacar algo de provecho de ello. Nada nos va a librar de la tristeza en un proceso de duelo, pero sí podemos hacer que éste al final nos lleve a tener una mirada más sabia y compasiva de la vida.

¿Qué es lo que nos puede aportar un proceso de duelo? El duelo, en este caso hablo principalmente de duelos por muerte, aunque también puede darse en casos de duelos por pérdidas o separaciones, provoca una lucidez asombrosa respecto a la muerte y a la impermanencia de las personas y situaciones de la vida. En ningún otro momento sentimos esta realidad de manera tan abrumadora. Intelectualmente todos sabemos que vamos a morir, que todas las personas que queremos morirán algún día, pero no lo sentimos de manera real, es una idea que está ahí apartada, y que esperamos no tener que sacarla mucho a la conciencia. Pero la muerte de una persona cercana la saca totalmente a la conciencia. Saca a la conciencia que nunca más verás a esa persona, que tú y todo el mundo podemos morir en cualquier momento. Y esta vez se siente de verdad, la muerte es real, está ahí, la amenaza es inminente. Y estas ráfagas de lucidez que llegan con los duelos son insoportables, abrumadoras, nos deja desesperados flotando en medio de la nada sin nadie que pueda salvarnos. Pero también nos despiertan. Nos hacen apreciar todos los momentos que vivimos de una manera distinta, y a vivirlos de una manera más plena y real. Con el tiempo, estos momentos de horror que vienen a oleadas se van espaciando cada vez más, y nuestra lucidez se va empañando hasta volver muchas veces a nuestro estado habitual. Pero es posible que esta lucidez que nos permite tener la conciencia de estar viviendo algo único y finito, nos acompañe para siempre.

Y esta percepción lo cambia todo.

Cambia nuestras prioridades, la presencia y atención que le dedicamos a las cosas, cambia la manera en que vemos nuestras relaciones y en que juzgamos a las personas. Porque la conciencia real de la impermanencia de todas las personas y también del sufrimiento inevitable que conlleva el mismo hecho de vivir hace surgir una compasión espontánea hacia ellas. Y hacia nosotros mismos.

Porque estamos todos en el mismo barco, por un corto espacio de tiempo, intentando cada uno como buenamente puede ser feliz. Y vivirlo con consciencia puede hacer que este corto espacio de momento y nuestras relaciones sean preciosos, sea lo que sea que nos espere después.