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PSICOLOGÍA BUDISTASofía Cherigny

Idealizar los partos

Hace 20 años, incluso 10, este post no tendría sentido. De hecho, el sentido sería más bien el contrario. Vamos a dar una breve pincelada de historia del parto para poder entender el contexto en el que nos encontramos ahora mismo.

Hasta hace 100 años todas las mujeres en España parían en sus casas. Así se hizo desde el inicio de la humanidad y así se sigue haciendo en un gran grueso de la población en África y Asia actualmente. Afortunadamente, en nuestra sociedad los avances médicos hicieron que se empezara a institucionalizar el parto hacia la mitad del siglo XX y ahora todas las mujeres aquí tienen garantizado, si quieren, un parto hospitalario y controlado. Quiero recalcar el AFORTUNADAMENTE, porque, aún con toda la contraparte que vendrá después, aún con todas las cosas que se hicieron y se hacen mal, creo que podemos apreciar la gran suerte que tenemos de estar en un país con unas muertes perinatales tanto de la madre como del bebé tan tan bajas, con un sistema que nos garantice un buen control en el embarazo y atención en el parto y postparto sean cuales sean nuestras condiciones. Volveremos a esto después, ahora podemos mirar cuáles fueron los efectos de esta institucionalización del parto.

A partir de la medicalización del parto unas décadas atrás, el embarazo y el parto pasaron a ser tratados como una patología y no como el proceso fisiológico y natural que es. La voluntad de la madre y la familia y las necesidades emocionales del bebé y su mamá quedaron relegadas en pos de la salud de ambos. Podemos decir que al institucionalizar el proceso del parto, éste se DESHUMANIZÓ, se empezó a tratar como si de cualquier otro proceso médico se tratara y se perdió la importancia de poner atención en las necesidades afectivas de la madre y del niño, de cuidar el proceso y sobre todo su vínculo.

Esto ha empezado a cambiar en los últimos años, y, aunque queda todavía mucho por recorrer para que desde las instituciones se cambie la mentalidad acerca del proceso de parir, y, por ende, los protocolos, hay un grueso cada vez más amplio de comunidad, de asociaciones, madres y profesionales sanitarios que ponen en boga toda esta deshumanización del parto, protocolos de violencia obstétrica en los hospitales y claman por un parto respetado y que ponga atención a los procesos emocionales que se viven en el parto, respetando las necesidades de las madres y los bebés.

¿Cuál es el problema, entonces? Pues, como suele suceder muchas veces, y hemos podido ver también en el tema de la lactancia, cuando se viene de un extremo se pasa al otro extremo para contrarrestarlo.

De esta manera hemos pasado de no prestar ninguna atención a la salud emocional y al vínculo madre-bebé, a convertir el parto en el gran acontecimiento de nuestras vidas y la del bebé; a que el tipo de nacimiento defina nuestro vínculo, nuestra salud mental y la de nuestros hijos, nuestro empoderamiento e incluso nuestra valía como mujeres.

Y, COMO SUELE SUCEDER TAMBIÉN, LO MÁS SALUDABLE HABITUALMENTE SE ENCUENTRA EN UN PUNTO INTERMEDIO

El nacimiento es, sin duda, uno de los acontecimientos más importantes en nuestras vidas. Tanto para las madres, que nacen como tales, como para los bebés que salen al mundo por primera vez. No me voy a extender en este punto porque ya hay una rama de la psicología, la psicología perinatal, que se ha dedicado a estudiar la importancia de la gestación, el parto y el postparto, y hay cientos de libros y teorías que ponen esto de manifiesto.

Pero veo también claro que se está sobredimensionando el impacto que éstos tienen en nuestra vida. El tipo de nacimiento no define para nada qué vínculo vamos a generar con nuestros bebés, ni define nuestra crianza ni a nosotras mismas como mujeres.

Creo que se está dando demasiado valor a todo el aspecto fisiológico del parto, en el sentido en que se cree que poniendo muchísima atención a que se respeten los procesos naturales del parto, a la correcta generación de oxitocina de manera natural y gradual, a conectar con lo primitivo del parto, todo fluirá correctamente y será una experiencia mágica y transformadora. Puede que todo vaya bien y así sea, pero también puede ser que todo vaya perfecto a nivel fisiológico y emocionalmente estemos bloqueadas y desconectadas.

Demasiada atención y necesidad de controlar estos procesos orgánicos a veces puede derivar en desconectarse de la parte más importante, la emocional.

El exceso de información médica, psicológica, de otras madres y de asociaciones que se dedican a luchar por un parto respetado está haciendo que se pongan unas expectativas tan altas, se idealice y se venere tanto ese momento futuro, que si el proceso no es lo que habíamos esperado se vive como un absoluto fracaso, una decepción, una herida incurable que puede durar años abierta, incluso de por vida. También se puede vivir como una guerra, una lucha abierta contra la medicalización en los partos...que al final sigue escondiendo detrás ira, tristeza y frustración por no haber podido vivir lo que querríamos haber vivido.

Pero el problema no estriba en el parto en sí. Las personas no somos sólo genética, y , aunque está claro que en general lo ideal suele ser lo que más se parece a la forma “natural”, hay muchísimos otros procesos que influyen en cómo lo vivimos, y eso suele ser bastante más determinante a la hora de cómo se vive un nacimiento. Cómo nos han educado, nuestra personalidad, toda la información que hemos ido acumulando acerca de estos temas, nuestros vínculos afectivos, la situación que atravesamos a la hora de enfrentarnos a este acontecimiento, nuestras expectativas al respecto...todo esto es lo que, de manera más determinante, nos va a marcar cómo vivimos este momento, se dé el proceso que se dé.

Una cesárea o un parto totalmente instrumentalizado pueden ser vividos de la manera más maravillosa. Si nuestras expectativas están abiertas, si nuestra meta es tener un hijo sano y cuidar nuestro vínculo, qué maravilla poder ver eso cumplido.

Eso no quita que no veamos o no luchemos por que no haya tantas cesáreas innecesarias ni tantos protocolos anticuados de instrumentalización en el parto que no tienen ningún sentido. Pero es REALMENTE POSIBLE aunar las dos cosas. Puedo ver las cosas que no estuvieron bien, puedo luchar para que las siguientes generaciones vivan algo mejor, pero al mismo tiempo puedo estar en paz con mi parto, puedo estar agradecida por haber vivido en este momento en esta parte del mundo, en que mi vida y la de mi hijo están seguras. Todo esto en caso de que esta instrumentalización haya sido, según nuestro punto de vista, poco justificada, pero no nos olvidemos de que la inducción, instrumentalización y la cesárea están para salvar vidas, no para fastidiar.

Por otra parte, hay, obviamente, partos teóricamente perfectos que derivan en vínculos muy difíciles madre-hijo. Como he dicho antes, el parto en sí (no la interpretación de éste, eso sí tiene importancia) no es demasiado relevante en el vínculo generado. Otras veces, toda esta sobreinformación y el querer afrontar el parto con todo bajo control, sin abrirse, confiar y asumir que hay muchas cosas que quedan fuera de nuestro dominio, hace que estemos más pendientes de todos esos factores externos descuidando la parte más importante, la emocional, y olvidándonos de que lo importante realmente es dar la bienvenida al mundo a nuestro hijo.

Está muy bien informarse, tener claras nuestras preferencias, prioridades y querer que se respeten. Es lo deseable y lo que debería poder darse desde las instituciones sanitarias. Pero no hay que obsesionarse, ni poner demasiadas expectativas en un único momento de nuestra maternidad. La maternidad es enormemente amplia, y cómo se pare no va a definirla, ni a nuestros hijos tampoco.

Es importante reconocer que todo lo que nos genera la frustración de un parto mal vivido, no viene de un gen de madre que está chillando de dolor por no haber respetado sus tiempos y sus formas. Las emociones que nos ha generado no son del proceso en sí, porque no hay un parto inherentemente bueno o malo, son nuestros pensamientos que han teñido la experiencia como buena o como mala. Habíamos generado unas expectativas concretas y, al no verse cumplidas, generan todo un abanico de emociones dolorosas que pueden interferir mucho en cómo se vive la maternidad, nuestra relación con el cuerpo e incluso nuestro valor como mujeres. Pero tal como hemos generado un discurso que nos ha llevado a tener esta interpretación de la realidad, podemos poco a poco ir generando otro que nos haga reconciliarnos con lo vivido.

No hay que olvidar que lo importante en un nacimiento es el vínculo madre-bebé. Ese vínculo se genera ya en el embarazo, y es en lo que más atención hay que poner. A veces, por estar excesivamente centrados en conseguir un parto perfecto, se puede perder esto de vista, pensando que todo fluirá si se da ese parto soñado. Pero a veces no, ni el parto idóneo es garantía de nada ni se puede garantizar siempre Y, en esos casos, en que todas las ilusiones estaban puestas en ese punto y no se llegan a cumplir, se genera un dolor tan grande que interfiere en el bienestar de la mamá, y por ende al del bebé.

Se hace también mucho hincapié desde la psicología y literatura actual en que el tipo de nacimiento va a marcar la vida de nuestro hijo para siempre, que es el acontecimiento que prácticamente va a decidir si el niño se siente seguro y feliz en este mundo o lo contrario. Bien, está claro que el nacimiento tiene un gran impacto en el bebé. Principalmente me refiero a si se produce separación de la madre y el bebé al nacer, durante horas, e incluso días, o si nada más nacer, sea como fuere el parto, el bebé ya permanece con su madre. En este punto sí que creo que es de vital importancia que siempre que sea posible se tenga como prioridad que el bebé no se separe nunca de su mamá. La necesidad primordial de ambos es establecer un vínculo de apego. Para la madre puede resultar difícil establecerlo en la distancia, y suele producir un dolor tremendo ver a su bebé arrancado de su cuerpo. Y el bebé necesita el contacto con su mamá, su olor, su protección...

Dicho esto, sabemos que es imposible que esto se produzca siempre. Los partos no están exentos de riesgos y a veces una o ambas partes necesitan atención especial y este contacto inicial no se puede dar. Bueno, es imposible negar que ese bebé, dadas sus necesidades, va a vivir un episodio estresante al verse separado de su fuente de protección. Pero tampoco en esas horas se está labrando en piedra la felicidad de nuestro niño. Ni todo el embarazo, ni el parto ni el postparto son acontecimientos perfectos exentos de dolor.

La vida de nuestro bebé ya viene marcada de la gestación, tanto con aspectos positivos como con huellas emocionalmente dañinas. Y toda su vida así será, el nacimiento es sólo una más de ellas, importante, sí, pero una más. Tenemos toda la infancia para dar un sentido de felicidad y protección a ese hijo que tenemos, y si lo hacemos bien, esa infancia feliz estará salpicada de pequeños e inevitables traumas, que, como todos, tendrán que sobrellevar en su vida.

La necesidad básica de un bebé es crear un vínculo seguro, recibir el amor y la protección de su familia. Sea como sea que haya sido lo anterior, porque hasta cierto punto eso ha quedado fuera de nuestro control, lo que vamos a forjar ahora sí que está en nuestras manos. Ese parto, sea como fuere, es el que nos ha dado a nuestro hijo, a una persona a la que vamos a tener toda nuestra vida para amar y cuidar. Pongamos atención a cada uno de esos momentos, y valoremos que su nacimiento nos ha permitido conocerle y tener el honor y la responsabilidad de ser sus padres.