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PSICOLOGÍA BUDISTASofía Cherigny

Gestación subrogada

En los últimos años se ha puesto en boga un pensamiento que es del todo errado: que todo el mundo tiene derecho a ser madre o padre. No existe ese derecho, no se puede garantizar que todo el que quiera pueda ver cumplido su deseo de paternidad. Porque es sólo eso, un deseo.

Es por los niños por quien debemos velar que se proteja su derecho fundamental, a tener una familia que les proporcione física y emocionalmente todo lo que necesiten para crecer felices. Parece que a este concepto elemental se le ha dado la vuelta y ahora son los adultos los que reclaman su derecho a tener niños y formar una familia, sea al coste que sea.

El principal argumento esgrimido por las familias que han acudido a este tipo de gestación o por las asociaciones y negocios que lo patentan es el gran porcentaje de parejas que no pueden tener hijos de otra manera, por enfermedades, edad u otras condiciones que a veces tampoco les hace aptos para adoptar. Es una realidad dura, sí.

Renunciar a tener hijos es un duelo intenso, es muy doloroso y cambia el rumbo de toda una vida. Pero en ciertos casos es lo que hay que aceptar.

También tiene que aceptar el invidente que nunca verá, el que tiene una enfermedad terminal que morirá…la ciencia llega hasta donde llega y las parejas con infertilidad que no hayan tenido éxito con los tratamientos de reproducción asistida y no quieran o puedan adoptar, tendrán que afrontar esta realidad también.

Creo que es muy entendible que las parejas que se ven en esta situación vean la gestación subrogada como una bendición, su única y última oportunidad a la que aferrarse para poder formar una familia. Creo que es comprensible que la justifiquen y la defiendan, y que estén dispuestos a todo para llevarla a cabo. Es normal, creo que muchos lo sentiríamos de igual manera si estuviéramos en sus zapatos. El deseo de tener un hijo es uno de los más potentes que existen, y la desesperación puede nublar todos los aspectos éticos, morales y económicos que rondan detrás de todo esto.

Pero para ello estamos el resto de la sociedad, para poder poner todos estos aspectos encima de la mesa y rechazar esta práctica. Para que estas personas o parejas puedan entender y poder aceptar que nadie les puede ni les debe garantizar que tengan un hijo, que la naturaleza y la ciencia son imperfectas y hay que aceptar las limitaciones. Para que no haya otras personas que saquen provecho de esta desesperación comerciando con madres y con niños.

El fin no justifica los medios, y menos cuando estos medios implican daño en personas vulnerables.

En general, las corrientes contrarias a esta práctica basan su oposición en la mercantilización de las mujeres, en el aprovechamiento de sus condiciones socioeconómicas y en las secuelas físicas y emocionales a las que se someten. Sin duda es un tema de gran relevancia que ya de por sí es razón suficiente para oponerse a la gestación subrogada, pero ahora me voy a centrar sólo en las implicaciones que tiene ésta en el bebé, justamente porque ha sido un aspecto infravalorado en el debate general acerca de los vientres de alquiler.

EN LA MATERNIDAD SUBROGADA HAY DOS ASPECTOS TRAUMÁTICOS PARA EL BEBÉ:

El primero se da en el proceso de gestación en sí. En el transcurso del embarazo la madre sufre unos cambios cerebrales extraordinarios, con el sólo propósito de crear un vínculo con la cría que lleva dentro y así asegurar que le proporcionará todos los cuidados necesarios tanto antes como después de parir y durante los años de dependencia física y emocional de esa cría. El bebé que está en formación en el útero necesita como prioridad básica y fundamental sentir ese vínculo, ese amor, protección y fusión con su mamá. Los bebés gestados en vientres de alquiler están privados de ese vínculo. Las madres gestantes asisten a cursos y terapias específicas para desvincularse de ese bebé, porque de otra manera no podrían entregarlo al parir. Este hecho se da en todas las madres gestantes, también en las de clase media del modelo altruista de Canadá. Es mera cuestión de supervivencia para la mujer que gesta, de otra manera no podrían darse este tipo de prácticas. El impacto que esta desvinculación tiene en el feto es enorme. Es en esos momentos tan tempranos en el que empezamos a adquirir un patrón emocional y afectivo basado en nuestro primer y más importante vínculo. Nunca experimentamos un momento más vulnerable en nuestra vida ni una dependencia tan grande hacia una persona específica. Porque a ese bebé no le importa que en otro país haya unos padres llenos de amor hacia él, él necesita eso de su madre biológica (me refiero a la que le gesta, no a la donante del óvulo) que es lo único que conoce.

Aparte de esta ausencia de amor maternal hacia el bebé, tenemos que sumar que la gran mayoría de bebés que proceden de la gestación subrogada en España proceden de Ucrania, donde la regulación es manifiestamente inmoral y se mercantiliza abiertamente con el útero de las mujeres. Las mamás gestantes de estos países se acogen a estas prácticas por necesidad económica, no por altruismo hacia otras parejas infértiles. Eso supone la gran parte de las veces unas gestaciones psicológicamente muy duras, con toda la repercusión que ese repertorio emocional negativo tiene en el feto.

El segundo aspecto traumático se refiere a la separación, en el momento inmediatamente posterior al parto, de la mamá y el bebé. El recién nacido necesita de manera crítica e imperiosa el cuerpo y el amor de su mamá. Necesita oler su piel, oír su voz, escuchar los latidos del corazón que lleva nueve meses escuchando, necesita ser atendido, alimentado y querido por la única persona que conoce y que es su único refugio en la confusa experiencia del nuevo mundo exterior. Todo el tiempo que pasa el bebé separado de su mamá es sumamente estresante para él. En el caso de la gestación subrogada este tiempo es infinito. Ese recién nacido no verá satisfechas sus necesidades emocionales básicas, sería equivalente a que su madre hubiera muerto en el parto.

Un argumento que se utiliza para defender la gestación subrogada alude a los estudios que se han hecho a los niños nacidos así, evaluando su adaptación psicosocial y que ponen de manifiesto que no se encuentran diferencias relevantes con los otros niños. Me parece que eso sólo evidencia aún más el concepto de comercialización infantil que sobrevuela a la gestación subrogada. Parece que el “producto” resultante no es defectuoso, entonces la práctica es legítima.

La sensación de desprotección y abandono derivada de la ausencia de refugio maternal y amoroso en el embarazo y de la separación permanente de su madre biológica después del parto la llevarán esos niños siempre grabado en su cuerpo y en su psique.

Eso no quiere decir que vayan a ser unos niños distintivamente marcados, infelices o disfuncionales. Crecerán felices o no en función de muchos otros aspectos, principalmente de los vínculos afectivos que creen con sus padres y familia.

Pero eso no quita que hayan vivido una situación traumática, y todas nuestras experiencias en esos momentos vitales tempranos moldean nuestra mente, nuestros patrones y emociones.

De la misma manera, los niños dados en el momento de nacer, o que su madre ha muerto en el parto o que han sido separados mucho tiempo de ella pueden crecer igual de sanos y felices que los niños que han tenido un embarazo y un postparto no traumático, porque aunque esas vivencias son muy importantes, hay muchísimas otras vivencias a lo largo de toda la infancia que moldean nuestro ser. La diferencia estriba en que esas situaciones ocurren POR DESGRACIA. Nadie quiere que ocurran esas cosas, pero eso es la vida y a veces ya empieza muy difícil para algunos. En cambio, en la gestación subrogada sometemos a estos niños, nuestros hijos, a esta situación a conciencia, POR VOLUNTAD PROPIA. Y, aun en el supuesto de que no fuera a dejar ninguna secuela, es innegable que les estamos causando sufrimiento.

No debemos dejarnos obnubilar por nuestros deseos sin considerar si estamos quebrantando los derechos de los demás, y con mucha más razón si se trata de las personas que serían nuestros hijos.