Logo Psicología Budista
PSICOLOGÍA BUDISTASofía Cherigny

Amor y apego II

En el otro artículo ya asentamos las bases de cómo funcionan y cómo se interrelacionan el amor y el apego. En este, entonces, vamos a explorar aspectos del apego que quedaron pendientes. Específicamente vamos a ver cuál es el papel del apego en ciertos roles que se asumen en las relaciones, cómo pasamos del apego al odio, y finalmente qué podemos usar para combatir el apego y cómo aplicarlo a nuestras relaciones diarias.

Ya explicamos que el amor consiste en estar centrado en el otro, en su felicidad, o sea está centrado en “dar” y no en “recibir”. Y el apego justo lo opuesto, está centrado en qué puedo sacar yo del otro, qué recibo del otro, qué necesito del otro para mi propia felicidad.

Reexplico esto para poder entender bien lo siguiente:

En muchas relaciones, ya sea de pareja o de cualquier otro tipo, hay veces que uno de ellos asume el papel del cuidador. Se adjudica a sí mismo el rol del que “da”, pero no recibe nada. Se toma como víctima porque siente que es el sostén de la relación y de la otra persona. Pero eso no es amor, no es de lo que estamos hablando.

Creo que este punto es muy importante porque a veces, cuando desde el budismo se habla de estos conceptos y de volcarse en los demás, se malinterpreta y se crean roles y relaciones que nada tienen que ver con la explicación original.

Cuando estamos asumiendo este papel de “yo doy, solo doy sin recibir nada a cambio” en realidad no estamos en el lado del amor. Eso no es amor, sigue siendo apego. Pero el apego, en este caso, más que a la persona en sí, es a ese rol de cuidador, del sacrificado, de la víctima.

Nos aferramos a ese rol porque es gran parte de nuestra identidad y es la manera que tenemos de relacionarnos con el otro. No es amor porque nuestro foco no está genuinamente puesto en el otro, en realidad está puesto en nosotros, en continuar con ese rol y que nuestra identidad y poder sobre el otro no se tambalee.

Este apego genera una relación disfuncional, en que ninguno de los dos se puede mover del rol que tiene.

De la misma manera que cuando el apego es directamente hacia la persona, en este caso tampoco dejamos que el otro se desarrolle y salga de esa etiqueta que le hemos colocado de que no se vale por sí mismo y de que nos necesita para sobrevivir.

Hay una manera muy sencilla de distinguir si estamos ofreciendo amor de verdad o si estamos en realidad apegados a un rol en una relación disfuncional. El amor trae felicidad. De manera directa e instantánea. Si estás ofreciendo amor, te sientes feliz.

En cambio, el apego agota.

Sentimos que ya no tenemos qué dar, estamos cansados y exhaustos pero a la vez seguimos enganchados a esa situación. Como podemos ver, no es ésta una situación que nos traiga mucha felicidad, más bien lo contrario.

Ahora vamos a ver cuál es la relación entre el apego y el odio. Todos hemos oído alguna vez la frase de: “del amor al odio sólo hay un paso”. Bueno, no es exactamente así. Del amor no se puede pasar al odio, el amor no tiene fin, ni contrario. Para pasar al odio, tiene que haber apego. Y del apego al odio sí que sólo hay un paso.

Cuando estamos apegados, tenemos unas expectativas, la otra persona tiene cosas por cumplir y lo que yo siento está muy ligado a lo que la otra persona hace. Cuando esa persona no hace lo que nosotros queríamos, no cumple con nuestras expectativas, nos sentimos tremendamente frustrados y enfadados con esa persona. Sentimos odio, porque esa persona nos hizo daño, porque nuestra felicidad estaba en sus manos.

Ya dijimos que los mayores apegos se suelen dar en las relaciones de pareja, y es precisamente en estas relaciones de tanto apego en que luego vemos tanto odio. Es imposible que haya enfado si antes no hubo apego. Si no había necesidades, expectativas, y nuestra felicidad no dependía del otro, ¿Cómo podrían habernos dañado?

Creo que es clave entender que toda esa ira no emana de algo que el otro ha hecho, sino de cómo nosotros habíamos confiado nuestra felicidad a cargo de él o ella.

Sólo entonces, cuando empezamos a darnos cuenta de que nosotros tenemos responsabilidad de nuestra propia felicidad y de que no podemos cargar con esa responsabilidad a otras personas, sólo entonces podremos empezar a actuar y a intentar desenmarañar el apego de la relación y hacer que éste esté un poco menos presente.

¿Cómo podemos hacer eso? Vamos a comentar varias estrategias para llevar esto a cabo.

Los textos budistas proponen un antídoto para el apego. La GENEROSIDAD. ¿Por qué?

Cuando estamos apegados, nos sentimos faltos, carentes, necesitamos que el otro nos dé, necesitamos recibir porque nosotros no tenemos nada. ¿Qué pasa cuando DOY? Cuando nos empleamos en la generosidad ( no nos referimos a una generosidad económica sino a estar enfocado en el otro, en tener el anhelo de dar lo que sea a quien lo necesite) empezamos a tener una sensación de abundancia, porque si yo estoy dando es porque tengo algo valioso, y cuanto más estoy en contacto con esa cualidad, más rico y valioso me siento por dentro, porque tengo mucho que ofrecer al mundo.

Una de las cosas que podemos hacer en los momentos en que vemos que estamos enganchados, que hay mucho apego en nosotros y que nos sentimos muy frustrados y a la vez necesitados de que nos den, es simplemente SOLTAR esas necesidades e intentar realmente VER a la otra persona. Salir de nuestra burbuja mental y meternos en la burbuja de la otra persona, pensando en su felicidad. Cambiando el foco, podemos cambiar totalmente nuestra manera de percibir las situaciones, y, por ende, nuestra manera de sentir.

Dicho todo esto, quiero puntualizar que todo lo anterior no significa que en las relaciones que tenemos, todos nuestros intereses y nuestra percepción y visión del mundo tenga que desaparecer para centrarnos sólo en los otros. Todos tenemos objetivos vitales, pasiones, hobbies, metas y personalidades distintas. Es importante también conocer quiénes somos, qué queremos y dar un espacio a eso. Las relaciones son más ricas si cada uno tiene algo diferente que aportar y sólo son saludables si cada persona consigue sostenerse a sí misma.

Se explica todo esto porque muchas veces estamos demasiado centrados en nuestro ombligo, estamos metidos en nuestra burbujita egocéntrica, y el otro igual, por lo que las relaciones se convierten en un constante conflicto de a ver quién gana en imponer sus necesidades sobre la otra persona.

Entender cómo funcionan los mecanismos de la felicidad, del ego, el amor y el apego nos ayudan a ampliar nuestra visión de las relaciones, y conseguir un mejor equilibrio. Porque al final las relaciones necesitan que aprendamos el arte de conseguir ese equilibrio, entre las propias necesidades y objetivos vitales y los de la otra persona. Cada uno se tiene que hacer responsable de cultivar eso y conseguir armonía en sus relaciones. Ojalá esto ayude a que soltemos un poco el apego y cultivemos más el amor, y así podamos tener relaciones más plenas, sanas y felices.