
Éste es un post especial. Es un reconocimiento a todas las madres que han renunciado a una faceta de su vida por quedarse en casa cuidando a sus hijos. A las que ya fallecieron, a las madres que ya son abuelas, a las madres de ahora y a las que vendrán.
No se debe ver como una confrontación entre dos maneras de hacer las cosas, entre las madres que trabajan fuera y las que se quedan en casa. Todo lo contrario. La maternidad en sí ya es dura y difícil, hagamos como lo hagamos. Todas hacemos lo que sabemos y podemos, y todas las opciones son meritorias y dignas de reconocimiento por igual. Las madres trabajadoras tienen otra carga encima diferente que abordaré con profundidad en otro momento.
Pero éste es un reconocimiento especial a un sector, precisamente por su poca valoración y reconocimiento social. Sé que hay padres que han asumido ese rol, pero como la gran mayoría son madres, me referiré en este artículo a ese papel de cuidador siempre como madre.
Vivimos en un mundo dominado por la economía hasta límites insospechados. La idea de productividad se ha colado hasta lo más profundo de nuestra conciencia y ahora incluso clasificamos a la gente en términos de ésta. Los niños y los ancianos, que no producen, son una especie de molestia, consideramos que tienen poco que aportar a la sociedad, y las personas que tienen capacidad para cuidarles están demasiado ocupados trabajando. Así vemos las guarderías y las residencias llenas, y los adultos en el trabajo desbordados por intentar conciliar con su papel de cuidadores.
En sintonía con esto, vemos cómo las personas que han renunciado a un papel de producción económica para centrarse en su rol de cuidador se consideran poco útiles para la sociedad, o por lo menos en una categoría inferior a los que ganan un sueldo. Esto se junta con que la incorporación de la mujer al mundo universitario y laboral es relativamente reciente, con lo que decidir renunciar, aunque sea por unos años, a una carrera laboral conseguida muchas veces tras años de estudio, suele ser incomprendido y se considera cuanto menos retrógrado y machista.
Todos tenemos muy claro que en una familia es imprescindible que entre dinero a casa. Pero parece que la sociedad no tiene tan claro que también es igual de imprescindible la crianza, durante unos largos años, de nuestros hijos. No voy a entrar ahora en las necesidades que tiene un bebé ni en qué es mejor o peor para los primeros años de la crianza de un hijo, eso se puede leer en otro artículo. Pero lo que es seguro es que ALGUIEN tiene que alimentar, limpiar, estimular y dar afecto a nuestro hijo. Y ese papel tan crucial que es el del cuidador, el que define en gran parte cómo se desarrolla y se relacionará ese niño con el entorno, está cada vez más devaluado.
Las cuidadoras y las profesoras de escuela infantil están mal pagadas y tienen poco prestigio, por lo menos en este país. Sólo hace falta pensar en quién creemos que tiene más importancia, si un profesor de guardería o uno de universidad. Pero el impacto que puede tener un profesor de universidad en un alumno es mucho menor que el que puede tener quien cuida a nuestro hijo pequeño. Alabamos el éxito académico y el poder económico a la vez que infravaloramos otros roles que siempre han sido y seguirán siendo de vital importancia.
Todo esto coloca a las madres que deciden renunciar a ser productivas económicamente para adquirir el rol de cuidadoras, en una posición bastante poco agradecida. Porque se infravalora el rol, pero, además, porque se infravalora la dureza de ese rol. Criar a los hijos es una ardua tarea. Porque te requiere física y psicológicamente las 24 horas. No hay descanso. No existe la hora del desayuno o la hora de la comida, no hay trayectos de ida y vuelta que te permitan una tregua o un rato de calma y soledad. No hay un límite de trabajo, porque encargarse de los niños la mayoría de las veces suele suponer encargarse también de la casa, y eso es un trabajo sin fin. Siempre queda algo por hacer, algo por comprar o algo por limpiar. Porque no hay nada más magnífico ni preciado que estar con tus hijos y verles dar cada paso, pero también agotan, y mucho. Sobre todo cuando no hay descanso mental, no existe otro rol que te requiera de otras capacidades ni que te estimulen intelectualmente de otra manera.
Y, lo más importante, criar hijos suele ser, en nuestra época, muy solitario. En el trabajo la mayoría de veces uno sale a la calle, se relaciona con adultos, habla, escucha, lee…Estar cuidando a un bebé supone estar la mayoría del tiempo en casa, muchas veces sin más adultos con los que relacionarse o compartir la crianza. Y la sensación de soledad y la falta de relaciones con iguales es profunda. Hay que ser mentalmente muy fuerte para llevar bien esta situación. Pero se hace. Y se suele hacer con gusto. Porque en estos tiempos desgraciadamente es una suerte incluso poder plantearte hacerlo.
Pero es un trabajo, un trabajo duro y de gran envergadura, y como tal debería ser reconocido.
Cada situación (trabajar fuera o dentro de casa) tiene sus ventajas y desventajas, y todos jugamos al mismo juego para poder encontrar un buen equilibrio.
Cada situación tiene también unos prejuicios asociados que la sociedad no tarda en colocarte en la frente. En este caso, los prejuicios consisten en infantilizar y crear sensación de cierta ociosidad, inutilidad o poca contribución al mundo.
En general, el trabajo remunerado no se pone en duda. No se pone en duda que esa persona tiene ciertos privilegios por contribuir a la familia. Económicos, de ocio…Pues desde aquí reivindico que todas los que habéis renunciado a eso para dedicaros a vuestros hijos, TENÉIS LOS MISMOS DERECHOS. Tenéis derecho a quejaros, a tener tiempo libre, derecho a no sobrellevar encima una carga de culpa, porque vuestra contribución es la misma que la de vuestra pareja. Tenéis derecho a disfrutar, porque si es una elección propia, ser partícipes de cada paso de nuestros hijos es lo más increíble de la vida. Y derecho también a no disfrutarlo, a estar cansada y querer volver a tener un espacio mental propio y una vida laboral y de relaciones.
Cada decisión que tomamos en la vida nos da unas cosas y nos quita otras. Es trabajo de cada uno poner en una balanza lo que queremos o podemos tomar o dejar. Pero todas las decisiones tomadas desde el afecto hacia nuestros hijos, nuestra familia y nosotros mismos merecen el mismo respeto, consideración y reconocimiento.